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[[Archivo:Warcraft_maiev_shadowsong_by_sweetcinn-d3jo9w3.jpg|thumb|400px|Saynna, la Vigilante]]
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Revisión actual del 21:26 13 feb 2014

Saynna, la Vigilante


El elfo de sangre puso poca resistencia cuando lo llevaron ante el vindicador. Después de pasar seis noches con las vigilantes era casi un milagro que siguiera con vida. Suplicaron clemencia, pidieron perdón, gritaron de dolor, pero Saynna era implacable. Era un mundo cruel en el que había nacido y no había lugar para clemencia. No había lugar para perdón. Había quienes creían en el perdón y la redención, había quienes pensaban que un ser corrupto como un thalassiano o un cultista crepuscular podían llegar a ser compasivos e incluso vivir en paz. Saynna no era como ellos. Vio con sus propios ojos como hombres y mujeres caían ante la corrupción y la depravación. Confió en los que creían en la redención y se encargó de la custodia del archidruida Fandral quien había sido un elfo respetable y honorable. Un elfo respetable, pero traidor. Todavía la acosaban los recuerdos de las Tierras de Fuego y como terminó con la vida del Archidruida de la Llama. Fue justicia. La justicia era implacable. Ella era la justicia.


El thallasiano había perdido mucha sangre y haber perdido un ojo no parecía ayudarlo a recuperarse de las heridas. Cada gota de sangre podrida y demoniaca que tocaba el suelo sagrado del bosque de Ashenvale era una blasfemia. El draenei había ordenado que mataran a la bruja y Saynna cumplió con su deber con gusto, sin embargo guardaba cierta pena por el prisionero que habló. Tenía la cara de un niño y sus ojos solo mostraban miedo, miedo a la muerte. Pero no era un niño inocente.

-¿Te llamas Ithelis, verdad muchacho?- dijo Runtal con su voz grave y profunda- Conocí a los de tu especie cuando llegué a Azeroth y no voy a ocultarte nada. No les tengo aprecio. Puede que Velen y alguno de los suyos crean que pueden ser redimidos, pero se equivocan, no hay redención posible.- cada palabra del draenei transmitia sabiduría, cada sonido era profundo y pausado, medido, pensado, sin dudas esa voz podía intimidar más que cualquier espada- No saben con lo que se están metiendo. Piensan que esto es un juego, un arma para dañar a un enemigo, pero lo que están dañando es su propio mundo. Saynna, la caja por favor.

Una de las vigilantes alcanzo la pequeña caja metálica a Saynna. A simple vista parecía liviana, era de un metal oscuro, casi violáceo, figuras retorcidas surcaban la superficie en relieves en tonos más claros y pulidos, eran serpientes sin ojos que se aferraban a toda la caja, como queriendo asfixiarla, matarla, pero a la vez torturarla y hacer de la muerte un dolor interminable, pero lo peor era el símbolo que adornaba la tapa. Un símbolo que solo significaba muerte. Un símbolo que había traído corrupción y depravación al mundo desde la primera vez que se alzó en un estandarte retorcido y ardiente. Un martillo sobre un círculo de espinas y alas extendidas de un dragón sin cuerpo.

Al thalassiano le corría un hilo de sangre por donde había tenido el ojo, la sangre goteaba sobre la verde hierba. Pronto estuvo arrodillado en su propia sangre. El draenei lo miraba sin mostrar ninguna expresión. La caja se interponía entre el vindicador y el prisionero, como una muralla invisible y terrible. El aire se había condensado y la poca luz que es escurría entre los arboles había desaparecido, solo quedaba la oscuridad y la maldita luz de la caja. Y estaba el silencio. No era un silencio normal, el silencio de los bosques, sino que era un silencio deforme, un silencio que se tragaba todos los sonidos, toda la vida. Y cuando parecía que el tiempo se había detenido y los había abandonado en aquel instante de dudas y terror, Runtal se arrodillo tomo la barbilla del elfo con delicadeza y la levanto para poder mirarlo a los ojos.

-No estás muerto todavía elfo. Veo en tus ojos las mismas dudas que alguna vez oscurecieron mi corazón. Sin embargo no voy a eximirte de tu pecado. Abre la caja.

-Se… Señor… Yo solo soy un elfo sencillo… No sé que contiene la caja… Eran ordenes… – El elfo rompió en un llanto desconsolado, era evidente que conocía el horror que contenía aquel artefacto maldito, en sus venas corría la energía maldita de los demonios, era tan propenso a corromperse que no merecía siquiera seguir con vida.

-Y sin embargo te aterra abrirla. ¿Qué querían hacer con esto? ¿A quién debían entregar la caja? – todo rastro de ternura había desaparecido de la voz del Vindicador – Tal vez debería dejarte con Saynna y no perder más tiempo. ¿Quién los envió? ¿Fue Lor’themar?

-Rommath… Fue el Gran Magister… Teniamos… Ya no lo recuerdo… Un contacto dentro de Darnassus, si, eso era, un darnassiano traidor… Piedad por favor… - La debilidad del elfo repugnaba a la Vigilante. Mejor morir antes que revelar el plan a un enemigo, era obvio que en Quel’Thalas solo quedaba la basura que Kael’thas no se había llevado a Outland. ¿Un kaldorei traidor? Ya nada le sorprendía.

Runtal espero indemne mientras el elfo lloraba y seguía lamentándose sobre su propia sangre. Finalmente los ojos azules del draenei fueron demasiado para la pobre voluntad del prisionero. Lentamente posó sus manos sobre la tapa de la caja y la abrió. De su interior emanó un vapor violáceo. El thalassiano empezó a gritar, pero sonido quedó ahogado. “Debes matarlo ahora”. ¿De quién era esa voz? “Ahora, no pierdas tiempo, mientras todavía está concentrado en el prisionero”. No podía matar al draenei, no solo era demasiado poderoso, sino que también había jurado protegerlo. “¿Y donde estaban ellos cuando el fuego asoló la tierra? ¿No habían jurado ante la Alianza ellos también?” Es la caja, la voz salía de la caja ¿o era su propia voz? “Ya te traicionaron una vez, lo van a volver a hacer”.


Cinco días después llegó a las profundidades de Jaedenar. Todavía había cadáveres de demonios diseminados por el suelo de los túmulos. Los huesos de los orcos y de los cultistas hacían que cada paso sea un crujido, como si llevara unas cadenas en los pies, una cadena invisible y demasiado pesada. El altar brillaba con una luz violácea. Dejó los cadáveres sobre las piedras rúnicas y se arrodillo.

-Traigo mi sacrificio para los dioses. Ya solo escucho la voz de N’zoth.

-Tu sacrificio es aceptado. La tierra sangra roja, los vientos aúllan violetas y las aguas corren verdes. Se arrodilló una elfa, pero se levanta un sirviente. Y todo el que vive debe servir, porque la muerte se avecina. Cuando termina el crepúsculo se cierra la noche. Y esta es la noche de los Dioses Antiguos.

Magatha sacó un puñal y se lo dio a Saynna. La sangre le corrió por la mano.

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