Una plegaria en la mañana


Como todas las mañanas limpió con cuidado el yelmo plateado. Estaba todavía brillante, pero no era la necesidad de brillo lo que lo impulsaba a hacerlo. El hábito mantenía sus pensamientos en orden. Repasó una y otra vez los bordes inferiores y también el cristal violeta que adornaba la parte superior. No pudo evitar recordar a Alaara y sus ojos cuando fueron uno bajo la luz violeta del palacio de Tal’Jhadal. Que hermosa era ella, tan joven, sus brillantes ojos azules iluminaban el magnifico vestido naranja, sus manos eran tan pequeñas que las había tomado a ambas con una sola cuando se arrodilló ante ella en Tal’Jhadal.


Cuando terminó con el yelmo lo dejó reposar sobre un pequeño cojín azul y siguió con las hombreras. Mientras cepillaba con cuidado la parte interior recordó la primera vez que se las había puesto. Había sido una hermosa mañana en Mac’Aree y los tres grandes lideres del consejo habían convocado a todos los guerreros, los magos, los sacerdotes y los escribas para que se reunieran en la plaza central de la ciudad, frente al magnifico palacio cristalino de Tal’Jhadal para recibir a quien seria el aliado mas grande que alguna vez tendrían los eredar. Recordó como Alaara le había ayudado a ponerse la pesada armadura que como sacerdote nunca había tenido que usar, mientras que su hija, la pequeña Idulah, cantaba y bailaba por la casa, feliz y alegre por ver a su padre todo ataviado. Todavía podía escuchar cada una de las palabras que había oído en esa plaza donde todos los eredar de las todas las esquinas de Argus estaban reunidos.

“- Eredar, hoy comienza una nueva era. - Había dicho Kil’Jaeden- Una era de progreso y expansión. Una era de conquista y conocimiento. Un poderoso titán se presentó ante nosotros, si lo acompañamos en su cruzada contra los injustos y los opresores nos recompensará con conocimiento y sabiduría, con justicia y libertad, y cuando los enemigos de la libertad sean exterminados habrá paz.- miles de voces lo aclamaban, Kil’Jaeden levantó sus brazos y la multitud exclamo su aprobación alzando miles de voces mas-. ¡Paz!”

“-Pero antes de tener paz tendremos guerra. – Dijo Archimonde – Ya combatimos a los Daredur y los vencimos. Los eredar somos fuertes. Sargeras no se equivoca cuando nos convoca para que nos unamos a los nuestros a su Legión. Tendremos guerra. Guerra para la paz.”

 

Todavía mas voces se haban alzado para aclamar a Archimonde. También su propia voz ¿Porque no aclamarlo? Archimonde era el general supremo de la Mano de Argus, la fuerza militar más poderosa que existía en el mundo.

 

Cuando terminó con las hombreras las coloco cuidadosamente junto al yelmo. Tomó los pesados guanteletes y continuó con su tarea diaria. Pero ese día los recuerdos parecían acosarlo. Vio en su mente como había escapado de Argus con su familia en la gigantesca nave de los Naaru junto al profeta Velen cuando los fuegos verdes y las innumerables bestias entraban en la ciudad de Mac’Aree y el maravilloso palacio de Tal’Jhadal ardía cuando el terrible titán Sargeras logro entrar al mundo. No había paz en aquel fuego verde y corrupto. Miles y miles de eredar doblaron la rodilla ante la Legión Ardiente, y el fuego de los demonios los deformó y mutó. Pocos habían escuchado a Velen y habían escapado de Argus, vieron a sus hermanos y amigos oscurecerse con la corrupción demoníaca, y se llamaron a si mismos “Draenei”, los Exiliados, y el nombre de su gente que durante tanto tiempo se había forjado para que significara sabiduría y paz quedó mancillado para siempre, Eredar es el nombre de horrores y depravación.

Dejó los guanteletes junto a las otras piezas de armadura y tomo el mazo cristalino. Se había astillado un poco durante el ultimo combate, un orco había querido parar la embestida del cristal con una pesada hacha, pero solo consiguió hacer saltar algunas astillas en la punta del mazo para clavarse su propia hacha en la cabeza. Demasiada ironía. Los orcos son salvajes y despiadados, sus vidas duran lo que una tarde soleada en Argus, pero no siempre fueron lo que son. Hubo un tiempo en que los orcos aprendieron de los Draenei, en el distante mundo de Draenor. Orcos ancianos visitaban con frecuencia el templo de Karabor en busca de sabiduría, orcos jóvenes cazaban en las planicies de Nagrad y comerciaban con la magnifica ciudad de Shattrath sus artesanías y sus presas. Hasta ese día en el templo de Karabor. Miles y miles de orcos se lanzaron contra el templo, matando todo lo que podían encontrar, en sus ojos brillaba una furia que solo había visto en los fuegos de la Legión. Idulah, su pequeña hija, quien era todavía una joven sacerdotisa, murió a manos de un guerrero despiadado, el orco llamado Grommash Hellscream. Con horror observaron desde las montañas cercanas como los cuerpos desollados y desmembrados de los Draenei que habían habitado el templo ahora servían de adorno macabro en sus paredes exteriores. Miles de los suyos murieron, pero Velen miró para otro lado y eximio de culpas a los orcos, haciendo responsable a Kil’Jaeden por las atrocidades cometidas en el Valle Sombraluna. Orco o Eredar, poco importaba, Idulah ya no podía cantar y bailar por las mañanas.

 

Habiendo terminado con su tarea diaria, se arrodillo ante el pequeño altar que tenia en su tienda. Una pequeña vasija de piedra gris que contenía a un agua clara le servia para lavarse las manos mientras musitaba las plegarias. Las palabras sonaban extrañas en aquel mundo, eran palabras antiguas que precedían al exilio de Argus, eran palabras que las había aprendido cuando era niño pero cobraron significado cuando su cabello se volvió blanco y sus ojos viejos. Shat taruh ruin, Shat taruh enor, Shat ea taruh renai. Fueron las mismas palabras que dijo pocos días después de que la nave Exodar se estrellara en las islas azul verdosas, en la tierra de Kalimdor. Alaara, su compañera, su vida en la vida de otro, se había perdido durante el choque y no la habían encontrado hasta varios días después. Estaba herida e inconciente, pero vivía y fue su faro de esperanza en aquel mundo extraño. Hasta el día que el cielo se torno rojo. Alaara estaba todavía débil por la herida pero había querido acompañarlo a la isla vecina que todavía estaba poco explorada. Salieron en una expedición de quince a investigar el porque del color rojizo de las aguas y de la vegetación, que se diferenciaba tanto del predominante azul de la zona de choque del Exodar. Eran quince y sin embargo eso no impidió que los sorprendieran desprevenidos. Sin previo aviso, cientos de flechas salieron de entre los árboles y un grupo de seres de piel pálida y vestimentas rojas les cerraron el paso. Eran delgados y refinados, sin dudas era un pueblo poderoso, pero tenían la misma marca que tanto habían temido encontrar en aquel mundo remoto. Alaara estaba de rodillas, suplicando misericordia, pero uno de los asesinos carmesí la asesino. Fue un corte rápido con una espada bien afilada. La sangre se extendió hasta sus los pies de quien había sido su vida en la vida de otro. Escuchaba las risas de los otros asesinos que lo miraban con ojos verdes y corruptos, pero solo podía pensar en Alaara. Dijo las palabras con lágrimas en los ojos y se entregó a la furia.

Estaba secándose las lágrimas que habían traído los recuerdos cuando la elfa nocturna entró en la tienda violeta.

-Lord Runtal, se que no debemos molestarlo en su plegaria diaria pero la Vigilante Saynna pidió que lo convocáramos sin perder tiempo. Uno de los thalassianos habló.

El contenido de la comunidad está disponible bajo CC-BY-SA a menos que se indique lo contrario.